El tiempo ya no era esa cosa que da vueltas en un reloj.

Hubo un cataclismo, glaciación o pequeña disputa a nivel mundial con bomba atómica de por medio. Los pocos supervivientes que en el mundo quedaron perdieron la noción del tiempo. Se creó una cultura atemporal y se desconocía el uso de esos antiguos artilugios con saetas, números dispuestos en forma circular e insufrible tic-tac tic-tac sonando indefinidamente.

No existía el tiempo y los acontecimientos se organizaban según el cambio de las cosas. Así, en vez de contar los días se medía el crecimiento de la raíz del cabello y podías quedar con alguien para dentro de 3 cm de longitud capilar. Del mismo modo, las personas ya no tenían tantos años, sino los correspondientes cortes de pelo estándar.

Por otra parte, para calcular ratos más cortos se ideó un sencillo sistema en que se metía un caracol y una hoja dentro de una cajita. Luego se contaban los mordiscos que había en la hoja y así podías saber el número de mordiscos caracol en hoja exacto que duraba un acontecimiento. Medida, sin embargo, sensiblemente variable debido al factor de incertidumbre de Eisenberg, así como al apetito y velocidad de masticación del caracol.

También se creó una medida muy semejante a los 3 segundos que era el rato que se tardaba en pronunciar la frase: “La tía Merigilda lleva bragas de colores y toca la pandereta delante del tío Remigio”.

Más tarde, las técnicas de orientación cronológica se sofisticaron y se llegaron a crear calendarios de yogures caducados en la nevera, se midieron los siglos por ausencias de amores que no se encuentran y un día se llegó a definir la eternidad oyendo hablar a cierto tipo muy pesado.

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