Un color llamado fucsia

Poblando carreteras de paso no precisamente secundarias habitan el arcén unos cartelones de color indeterminado, ordinario y bailón entre el rojo y el naranja denominado fucsia como la planta que hace brotar la flor de este tono inaudito.

Estos carteles de enormes dimensiones que ensombrecen paisajes, además de poseer este color sometedor son de una crueldad sin nombre, de una crueldad hacia el ojo que atiende su mensaje que consiste en unos dibujitos infantiles representando comida y sexo para despedidas de soltero y reuniones de empresa. Un plato humeante de spaghetti más una muñequita en bikini traduciéndose a continuaciòn en triunfo con el símbolo del puño con el pulgar hacia arriba. Triunfo vital ¿salvados por quién? ¿en el circo de donde?. Todo el lote sobre fondo fucsia pretendidamente dibujado por mano impùber, jugando al despiste con lo cual los automôviles que pasan cerca y cargados de infantes en sus asientos traseros se quedan con la copla anunciadora asaltando a preguntas al conductor o adultos presentes e identificándose con los dibujitos que atraen sus pupilas cual imanes.

El adulto de turno evidentemente trastocado por una informaciòn que le ha pasado desapercibida atento a la línea discontinua como estaba y en proceso de frenada sale al paso convenciendo a los ensimismados rapaces argumentando que spagetti e infancia igual a fuerza y salud, pulgar hacia arriba positividad y acierto.

Todo el pack es denunciable por partida triple. Uno, por utilizar carteles que despistan en carretera jugàndote el tipo. Dos, por utilizar esta clase de publicidad encubierta de actividad ilegal y explotadora de la mujer, prostitución, trata de blancas. Tres, por los dibujitos pretedidamente despitadores para la ley pero tan explícitos para según que miradas e interpretaciones y me atrevo a sugerir un cuarto argumento denunciable por jugar al equóvoco creando ilusiones de parque acuático cercano en ojitos infantiles y càndidos.

Hace muchos años un amigo me relato que en sus frecuentes escapadas en solitario por países de la vieja Europa al arribar a cada puerto en busca de alojamiento le era ofrecido en el hotel elegido un librito, por parte del conserje o el botones, un librito de pastas duras, oscuras y discretas con direcciones y fotos en su interior por si precisaba de compañìa, entonces subía a su habitación y sopesaba pausadamente la decisión de levantar o no el auricular del teléfono. Si contestaban a la primera era una posibilidad, si a la tercera acaso una alternativa. Por aquél entonces los teléfonos de los hoteles aùn eran de góndola y ruleta.

¡Qué diferentes formas y fondos de sugerir cuando simplificar frente a retorcer resulta mucho màs extrovertido!

Nuria Viuda García.

Mensaje en una botella

botellamovilEsta es la historia de un náufrago extasiado llegado a una isla. Tras meses de congoja y eternos atardeceres y desasosiegos, cansado ya de si mismo, vislumbró un efímero brillo al que en principio no prestó atención, entretenido como estaba pensando en el lugar del que partió, todo lo que dejó atrás, con vocación de insistencia pues no podía quitárselo de la cabeza ni un solo instante.

Al fondo, en la bahía, con sus últimas energías confundiéndose con la luz y la memoria, observó cientos de botellas. Pensó que podrían ser deshechos de la civilización arrastrados por la deriva. Decidió abrir una, y dentro había un teléfono móvil. Entonces comprendió en toda su dimensión el significado de la palabra progreso.

[karel]

Los ojos del pez

Los ojos del pez están en la cena. Redondos y vacuos te miran desde el segundo plato. Observan tu delicado ritual de coger el tenedor con la izquierda, el cuchillo con la derecha y glamurosamente acercarlos en suave descenso hasta quedar flotando encima de la mesa y desde allí empezar a descuartizar tu cuerpo de pez que te sigue mirando desde unos ojos abiertos que no pestañean.

ojospezVas devorando la carne blanda de ese error al picar el anzuelo o ese camino equivocado a través de una red siguiendo la ruta de huída del banco de peces del miedo a quedarse solo en medio de un mar. Masticas su olvido. Pero el pez renace al contacto con tu saliva y se cuela por el tobogán de tu esófago y entra en el laberinto de tu riego sanguíneo y lo recorre hasta llegar a tu nervio ocular.

Ahora abres unos ojos redondos vacuos que observan el desesperado encuentro entre un cuerpo de espinas y una mirada de ser humano que aterrorizada pide auxilio desde un segundo plato encima de una mesa enfrente de un tipo con ojos de pez. Y comprendes lo difícil que resulta comer pescado teniendo en cuenta tu horrible tendencia a confundir peces con personas.

[imposiblenoexisto]

El tiempo ya no era esa cosa que da vueltas en un reloj.

tiempoHubo un cataclismo, glaciación o pequeña disputa a nivel mundial con bomba atómica de por medio. Los pocos supervivientes que en el mundo quedaron perdieron la noción del tiempo. Se creó una cultura atemporal y se desconocía el uso de esos antiguos artilugios con saetas, números dispuestos en forma circular e insufrible tic-tac tic-tac sonando indefinidamente.

No existía el tiempo y los acontecimientos se organizaban según el cambio de las cosas. Así, en vez de contar los días se medía el crecimiento de la raíz del cabello y podías quedar con alguien para dentro de 3 cm de longitud capilar. Del mismo modo, las personas ya no tenían tantos años, sino los correspondientes cortes de pelo estándar.

Por otra parte, para calcular ratos más cortos se ideó un sencillo sistema en que se metía un caracol y una hoja dentro de una cajita. Luego se contaban los mordiscos que había en la hoja y así podías saber el número de mordiscos caracol en hoja exacto que duraba un acontecimiento. Medida, sin embargo, sensiblemente variable debido al factor de incertidumbre de Eisenberg, así como al apetito y velocidad de masticación del caracol.

También se creó una medida muy semejante a los 3 segundos que era el rato que se tardaba en pronunciar la frase: “La tía Merigilda lleva bragas de colores y toca la pandereta delante del tío Remigio”.

Más tarde, las técnicas de orientación cronológica se sofisticaron y se llegaron a crear calendarios de yogures caducados en la nevera, se midieron los siglos por ausencias de amores que no se encuentran y un día se llegó a definir la eternidad oyendo hablar a cierto tipo muy pesado.

Amantes y después

ellaEn el momento en que estaba a punto de clavar el cuchillo en su corazón todo resultaba grotesco.

Volvamos cinco minutos atrás cuando él le comentaba con ironía sarcástica lo rica que estaba la cena.

¿Justificaba ese comentario que veinte años antes él le prometiera amor eterno? ¿O que a los veinte años y doce horas del día de su boda ella estuviera entre rejas? Cuarenta y tres minutos antes un policía resultaba herido en una oreja en una detención en un domicilio conyugal.

Doscientos años después, en el lugar donde estaba la casa habrá un centro comercial con aparcamiento aéreo para poder dejar el coche espacial. Y en la sección de congelados una pareja de ingenuos enamorados se comprometerán en matrimonio para el resto de sus vidas.

Sin embargo, mientras el cuchillo se clavaba en su corazón, ella sentía como una especie de desoladora venganza liberadora. Él, en cambio, notaba un dolor agudo en su pecho. Cientos de miles de años antes, un diminuto ser primitivo se dividía en dos partes que poseían el irresistible impulso de volverse a juntar. Pero entonces no existían los cuchillos, ni casi tampoco los corazones. El día del juicio ella estaba preciosa con un traje negro de seda y sus gafas oscuras.

Dieciséis años y un día después, tras cumplir la condena, visitaría su tumba y lloraría como un niña mientras su puño apretaba con fuerza una daga hacia el centro mismo de su corazón todavía enamorado.

[imposiblenoexisto]

De aquí para allá

 deaquiparallaEstaba de siesta a la sombra de un bonsai. Se levantó e hizo un agujero en la capa de ozono. Cayó desplomada por un golpe y se colóa por una abertura en un campo de golf.

En el último momento consiguió agarrarse a un aro del planeta Júpiter, pero entonces una motita de polvo intergaláctico chocó contra su cuerpo y lo esparció en mil pedazos.

El más grande se filtró por uno de los poros del ala de un mosquito. Desde allí abrió los ojos para ver donde estaba y se iluminó la galaxia, pero un ácaro se los comió y todo volvió a quedar a oscuras. Creció un centímetro y se estampó contra los límites del espacio existente  -el universo estaba a punto de reventar-, pero entonces tropezó con un átomo y se quedó acurrucada en la partícula más pequeña del vacío.

Protagonista de la historia: mi autoestima.

[imposiblenoexisto]

El texto final

textoEl texto final tiene que dar sentido a la obra, debe ofrecer fuerza y emoción, debe responder los enigmas de la vida y crear un mundo mejor.

En él habría dos amantes besándose bajo un bellísimo crepúsculo y, poco a poco, se les sobrepondría la palabra FIN. No sería adecuado que se les cayera una dentadura postiza mientras se besan.

En el texto final alguien va contando que en el texto final alguien va contando que en el texto final. Y una tenue luz de vela se va apagando lentamente mientras la oscuridad invade el instante y todo queda en la penumbra difuminado para siempre hasta que la compañía de la luz decide volver a dar la corriente después de que hayas pagado todas las facturas atrasadas.

En el texto final apareces tu convertido en Apocalipsis preguntando donde está la salida. Un pequeño hámster alado te señala una puertecita con un cartelito encima donde pone SALIDA. Entras y se enciende una luz y todo empieza a dar vueltas mientras notas un extraño calor en el ambiente. Te has metido en el microondas.
Mueres en una explosión termocentrífuga en la que además pierdes sensibilidad en un codo, pero a pesar de eso es un final feliz.

En el texto final alguien muere y, además, es la muerte misma del texto final que es enterrado junto a los otros textos en su ataúd de páginas y palabras en trágico final de edición.

Piensa en yogures

yogures2El yogur representa lo efímero de la vida, la fugacidad del ser humano. Los yogures siempre caducan y con ellos caducan los días, se vuelven amargos recuerdos pasados que inútiles se amontonan hasta convertirse en un calendario de yogures caducados en la nevera. Todo lo que no has vivido.

Luego se te revela una pregunta esencial: Respóndela:

¿Qué prefieres, los yogures sabor a fresa o sabor a limón?

Si has respondido “fresa” no es una respuesta correcta.
Si has respondido “limón” también has fallado.
Si tu respuesta ha sido que no te gustan los yogures o que prefieres otros sabores o cualquier otro razonamiento lógico tetrapléjico mental tampoco superas la prueba del yogur y quedas condenado a dar respuestas estúpidas a preguntas estúpidas el resto de tu vida.

Lo más curioso es que un 99,9% periodo de personas del mundo dan alguna de las pocas respuestas que no superan la prueba mientras queda en silencio el infinito abanico de otras contestaciones que sí la superan.

Y el mundo es un lugar triste de personas grises, palabras frías, yogures caducados, respuestas retrasadas, futuro desolador, sabores desnatados y una natilla etérea inmortal contempla desde las alturas la escena de esos seres opacos, cremosos, ácidos, lácticos, envasados al vacío y con fecha de caducidad.