Los ojos del pez

Los ojos del pez están en la cena. Redondos y vacuos te miran desde el segundo plato. Observan tu delicado ritual de coger el tenedor con la izquierda, el cuchillo con la derecha y glamurosamente acercarlos en suave descenso hasta quedar flotando encima de la mesa y desde allí empezar a descuartizar tu cuerpo de pez que te sigue mirando desde unos ojos abiertos que no pestañean.

Vas devorando la carne blanda de ese error al picar el anzuelo o ese camino equivocado a través de una red siguiendo la ruta de huída del banco de peces del miedo a quedarse solo en medio de un mar. Masticas su olvido. Pero el pez renace al contacto con tu saliva y se cuela por el tobogán de tu esófago y entra en el laberinto de tu riego sanguíneo y lo recorre hasta llegar a tu nervio ocular.

Ahora abres unos ojos redondos vacuos que observan el desesperado encuentro entre un cuerpo de espinas y una mirada de ser humano que aterrorizada pide auxilio desde un segundo plato encima de una mesa enfrente de un tipo con ojos de pez. Y comprendes lo difícil que resulta comer pescado teniendo en cuenta tu horrible tendencia a confundir peces con personas.

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